Versos que se quedaron sin página: cartografía de mis poemas huérfanos
Photo: Malaazhassan, CC0, via Wikimedia Commons
Tengo un cuaderno que no se parece a los demás. No es un cuaderno de trabajo, ni de anotaciones de gira, ni de proyectos. Es el cuaderno de los huérfanos: poemas que no sé dónde poner, textos que nacieron para un momento concreto y que ahora viven sin casa, como gatos que se crían en un portal.
Durante años pensé que era un fallo mío, que una escritora de verdad publica todo lo que escribe o, al menos, lo archiva con intención de publicar. Pero no. Hay versos que se niegan al papel. Se enroscan, se resisten, se apagan cuando los transcribo. Y he tardado mucho en entender que eso no es un fracaso, sino un género.
El poema que solo funciona en voz alta
El primer caso lo viví en un patio de vecinos en Sevilla, en una noche de esas de verano donde el calor no da tregua ni a las doce de la noche. Alguien pidió un poema y yo recité, de memoria, algo que había escrito aquella semana. Nunca lo escribí. Existió mientras lo decía y en las cabezas de la gente que escuchaba. Cuando llegué a casa e intenté ponerlo por escrito, era un cadáver. Las palabras estaban, pero el cuerpo no.
Hay un fragmento que sí me quedó, porque lo apunté a medias en el reverso de un folleto:
La noche no termina, se dobla como una silla y espera a que alguien vuelva a sentarse en ella.
En el papel son cuatro versos cualquiera. Aquella noche, con el olor a jazmín y a mosquito repellente, pesaban el doble. Eso es lo que no aprendemos en los talleres de escritura: que el poema escénico no es un poema leído, es un poema habitado. La voz, el silencio antes de la voz, la cara de la señora de la primera fila, todo eso es métrica.
La poesía escénica, ese género sin nombre
En España llevamos décadas haciendo poesía escénica sin ponernos de acuerdo en cómo llamarla. Hay quien habla de spoken word, quien dice poesía oral, quien prefiere performance. A mí me da igual la etiqueta; lo que me interesa es la diferencia de naturaleza. Un poema de página se lee solo, en silencio, a cualquier hora. Un poema de escenario necesita testigos. Es más parecido a un cante que a un texto.
Piensen en lo que pasa en los recitales de barrio, en los cafés de la Malasaña de toda la vida o en los festivales de poesía que se montan en plazas con un micrófono y mucha fe. Ahí el verso tiene caducidad. Se dice y se esfuma. Y sin embargo la gente se lo lleva puesto, se lo cuenta a otros de memoria, lo deforman un poco y lo hacen suyo. Esa cadena oral es una forma de publicación que ninguna editorial puede competir.
Yo he visto a una niña de nueve años repetir un verso mío tres semanas después, mal dicho, con las palabras cambiadas, y era mejor así. Era suyo.
Inventario de huérfanos
Hice cuentas el otro día, porque soy de hacer listas cuando no me toca: llevo más de treinta poemas que solo existen en mi memoria o en servilletas, entradas de cine y un billete de tren a Albacete. Algunos son de encargo, escritos para bodas o despedidas. Otros son de enfado, que son los mejores y los que más me niego a publicar.
Uno de ellos empieza así y solo lo he recitado dos veces:
No te voy a dedicar esto, que las dedicatorias son lápidas con mejor letra.
¿Lo publico? No lo sé. Sospecho que si lo escribo bien, muere. Y prefiero un poema vivo y sin acta a uno muerto con ISBN.
Lo que el olor del teatro tiene que ver con todo esto
Hay un olor que solo existe en las salas viejas: mezcla de madera, polvo, cortinas y tiempo. Cada vez que lo huelo, me entran ganas de decir algo que no está escrito. Es como si el olor activara una memoria distinta, una memoria de garganta. Seguro que a ustedes también les pasa con ciertos olores: el mar, el azahar, el café de la máquina de la sala de ensayos.
La poesía escénica vive de eso, de lo que no se puede fotocopiar. Del temblor, del silencio incómodo, del aplauso que llega tarde. Por eso sus textos son huérfanos: no les hace falta padre ni madre editorial. Se crían solos.
Un pequeño manifiesto, sin dramatismo
No voy a decir que el papel esté acabado, porque lo digo yo misma y me leería en papel, sería ridículo. Lo que digo es otra cosa: que existe una escritura que solo funciona de pie, delante de gente, y que merece tanto respeto como la que se encuaderna. Que los poemas huérfanos no son un cajón desastre sino un archivo vivo, con fechas y olores y caras.
Así que si algún día me ven en un pueblo de los de la ruta escénica de esta web, recitando algo que no aparece en ningún libro, no se preocupen: no se me ha olvidado el texto. Es que ese poema no existe todavía. Existe cuando ustedes lo escuchan.
Y cuando se acabe la función, se acabará el poema. No pasa nada. Habrá otro, probablemente escrito en una servilleta, esperando su única noche en el mundo.