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Ensayo personal

La jerga que me crió: veinte palabras de telón que nadie te enseña en la escuela

María del Mar Duque
La jerga que me crió: veinte palabras de telón que nadie te enseña en la escuela

Photo: Photo: Andreas Praefcke, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons

Hay cosas que no vienen en ningún temario. Uno puede estudiar interpretación, leerse a Lorca de arriba abajo y aún así quedarse en blanco la primera vez que alguien le grita desde el fondo de la sala: «¡Que se cae la manguilla, avisa al manguillero!». A mí me pasó en un teatro de provincia, con la boca abierta, pensando que estaban insultando a alguien. Nadie me explicó nada esa noche. Tuve que aprender como aprende todo el mundo en este oficio: equivocándose con elegancia.

Así que hoy, desde esta esquina de internet que es mi casa, os traigo mi pequeño diccionario de duquesa. Veinte palabras del argot teatral español, con las anécdotas que las hicieron mías.

Las palabras del susto

Manguillero. El encargado de la manguilla, ese artilugio que limpia el escenario entre acto y acto. La primera vez que oí «la manguilla» pensé que era un baile. Casi me pongo a mover las caderas. Error.

Farolillo. Un farol en escena es mentir con gracia: decir una frase que no está en el texto para ver si el compañero se pierde. Lo sufrí de novata en una función benéfica en Almagro y, os lo juro, seguí la conversación inventada como si fuera mía. El público no se enteró. Yo todavía tengo el corazón acelerado.

Atrezzo. Todos los objetos que no son utilería ni vestuario. Palabra que aprendí buscando unas llaves falsas que alguien había escondido a propósito. Bien sabido es que en teatro las bromas son la única tradición que no se pierde.

Cacharrear. Ensayar soltando el texto, sin presión, jugando. «Vamos a cacharrear la escena segunda». Suena a verbena y es la mejor herramienta de trabajo que existe.

Las palabras del ritual

Camerino. Ya lo he escrito aquí otras veces: el camerino es un templo laico. Ahí se llora, se ríe y se reza a cualquier santo disponible antes de la general.

Pata de gallina. El lado del escenario hacia el que se sale más rápido. Cuando alguien te dice «sal por pata de gallina» con urgencia, no preguntes. Sal.

Caja negra. Espacio escénico desnudo, sin decorado, donde todo depende del actor. Me aterrorizan y las adoro a partes iguales, como a los gatos.

Entrada y salida. No, no es el horario de oficina. Es la anotación de cuándo y por dónde aparece y desaparece tu personaje. Olvidarse de la salida es como olvidarse de respirar: se nota.

Primer texto. El primer ensayo con el guion en la mano, sentados alrededor de una mesa. Ese silencio cuando el director cierra el cuaderno y dice «vale, a escena». Nada vuelve a ser igual.

Las palabras del oficio sucio

Sangrar. Aligerar el texto, quitarle grasa. «Sangra esa réplica» significa que me he pasado de larga, cosa que me pasa con frecuencia, como podéis imaginar.

Cortar. Lo mismo, pero más agresivo. Lo dicho por un director duele el doble que dicho por un amigo.

Utilería. Los objetos que el actor maneja en escena. Una taza, una carta, un revólver de mentira. He visto funciones salvadas por una taza bien puesta y funciones hundidas por una carta mal doblada.

Foso. El abismo frente al escenario. Caerse al foso está en la lista de cosas que no le deseo a nadie, junto a perder la voz en la general.

Puntualizar. Marcar con precisión una entrada o un efecto. «Puntualiza la luz ahí». Tres palabras que ocultan horas de discusión entre dirección y técnico.

Calle. Cada una de las hileras de focos. «Trabajo a contra calle» y de pronto el público ve tu cara menos que tu sombra.

Trámite. La parte de la función que se hace casi en piloto automático, de tanto repetirla. Cuidado con el trámite: ahí es donde vive el error.

Raccord. Continuidad. De cine, sí, pero también de giras: que la taza esté en la misma mano que ayer en Burgos.

Chorizada. Un farol demasiado grande. Una chorizada histórica me costó una función entera de risas contenidas en Sevilla, y me da hasta vergüenza contarla. Algún día, quizá, después de unas copas.

A pie de escena. El lugar donde esperas tu entrada, pegada al telón, oyendo tu nombre de personaje por el monitor. Ahí, en esos treinta segundos, cabe una vida entera.

Duende. Sí, lo sé: no es argot técnico. Pero si hay una palabra que resume todo lo demás, es esta. Se la oí a mi abuela en la cocina antes de oírsela a nadie en un teatro, y sigue siendo la única que no se puede puntualizar ni cortar ni sangrar. O sale, o no sale.

Un diccionario que se escribe a pie de telón

Me gusta pensar que este léxico es una herencia, como una receta o una silla de camerino con el nombre pintado. Cada palabra se la aprendió alguien a base de un susto, y nos la pasó a la siguiente generación en una escalera, gritada entre dos cambios de luces.

Si trabajas en esto, seguro que tienes tu propia lista y tus propias heridas lingüísticas. Si eres de los que vienen a mirar, ojalá la próxima vez que escuches «manguilla» desde tu butaca sonrías un poco, sabiendo que detrás de esa palabra hay un oficio entero, un idioma secreto y alguien, en algún camerino, aprendiéndolo ahora mismo a base de sustos.

Yo lo sigo haciendo, por cierto. La semana pasada descubrí que existe el «regidor» en femenino y que nadie sabe de dónde viene la palabra «proscenio». Este diccionario no acaba nunca. Y qué gusto da.

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