La peonza de Jerez: confesiones de una supersticiosa de los camerinos
Photo: vintage ceramic spinning top on wooden table warm light, via auctions.afimg.jp
Hay una peonza de cerámica que vive en el fondo de mi mochila de gira. Es azul, está desportillada en el borde y rueda fatal sobre suelo inclinado. La compré un sábado de diciembre en el mercadillo de Jerez por dos euros, mientras esperaba el autobús que me llevaría a un estreno en Sanlúcar. No sé por qué la compré. Sí sé por qué no la he soltado desde entonces.
El mercadillo donde empezó todo
Aquella mañana hacía un frío de esos que te entra en los huesos del oficio. Yo llevaba tres funciones estrenadas y tres funciones en las que había sentido que el texto se me caía de las manos, que las palabras no eran mías. En el puesto de un hombre mayor con un mantel de cuadros había cajones de figuritas: santos descatalogados, soldaditos, y en una esquina, tres peonzas de cerámica pintadas a mano.
Me quedé mirándolas más tiempo del razonable. El señor, sin levantar la vista, me dijo: «Esas giran bien, chica. Gírala y verás». La giré sobre el mantel y, aunque no era verdad que girara especialmente bien, algo en ese movimiento redondo me calmó. Dos euros. La metí en el bolsillo del abrigo y esa noche, en Sanlúcar, el estreno fue de los que se recuerdan.
Coincidencia, claro. Pero en este gremio las coincidencias se coleccionan como entradas de funciones agotadas.
Los amuletos ajenos que he visto pasar por mis camerinos
Si has pisado bastantes teatros de los de verdad —los que huelen a polvo de escenario y a cortina vieja— sabes que la superstición no es una rareza: es casi un idioma común. He compartido vestuario con una actriz de Cuenca que no salía a escena sin tocar tres veces el tirador de la puerta, siempre con la mano izquierda. Un músico de Granada que llevaba un botón del traje de su padre cosido a la solapa, y no del día del estreno, sino del día del entierro. «Ese día le salió todo bien», me dijo, con una lógica que no admite réplica.
Y está el caso de Marisol, figura y directora, que arranca una hebra del forro de cada vestuario donde actúa y la guarda en un tarro de mermelada vacío. Lleva cuarenta tarros. Su marido los guarda en el garaje, en cajas de vino, y dice que es lo más parecido a un museo del miedo escénico que existe en España.
La lista de amuletos más insólitos que he conocido
Por si alguien quiere abrirse el club, aquí va mi recopilación de campo:
- Un cascabel de gato cosido al interior de una zapatilla de tacón, para «oír que la suerte anda por ahí».
- Una entrada de cine de 1994, arrugada pero legible, que un dramaturgo de Bilbao considera su primer aplauso.
- Un mechero que ya no tiene gas pero que se lleva igualmente a todas las funciones «porque enciende el texto».
- Una piedra del Camino de Santiago que un iluminador tira al aire y recoge antes del pase, con la excusa de que «comprueba la gravedad».
- Y mi favorita: una azucena de plástico que una bailarina sevillana coloca siempre en la pica del camerino, «para que el agua del sitio me quiera».
¿Superstición o una manera de respirar?
Ahora bien, yo no soy ingenua. Sé que la peonza no ha hecho nada salvo existir en mi bolsillo. Los que defendemos la escena contemporánea, la que se quiere honesta y sin humo, deberíamos ser capaces de mirar nuestros rituales a la cara y preguntarnos qué son.
Y yo creo que son esto: un gesto de humildad. Un pequeño reconocimiento de que, por mucho que se ensaye, por mucho que se controle, en el escenario hay una parte que no pertenece a nosotros. La superstición teatral no es una creencia en la magia; es una manera de decir «yo pongo el trabajo, y lo demás, que lo ponga la noche».
Cuando giro la peonza antes de un estreno —y la giro, siempre, en el suelo del camerino, y si no rueda bien no pasa nada porque lo importante es girarla— no estoy pidiendo suerte. Estoy marcando el paso del ensayo a la función. Estoy diciéndole al cuerpo: ya está, ahora toca otra cosa.
Lo que se hereda sin darse cuenta
Mi abuela, la misma que me enseñó que la cocina era un escenario, tenía su propio ritual con las llaves del cortijo: las contaba tres veces antes de salir. Nunca lo llamó superstición. Lo llamaba «hacer las cosas bien». Quizá todos nuestros amuletos son eso, una forma campesina y urbana a la vez de hacer las cosas bien.
La peonza lleva ya doce giras. Ha estado en teatros con butacas de terciopelo rojo y en salas donde el público se sentaba en el suelo. Un día, en un pueblo de Jaén, se me cayó y rodó hasta los pies de una señora de primera fila, que la levantó y me la devolvió con dos manos, como quien entrega una reliquia. Le dije que era de Jerez. Ella asintió, como si eso lo explicara todo.
Y a lo mejor lo explica. Los objetos que compramos sin razón en los mercadillos, los gestos que repetimos sin pensar, las hebras de forro guardadas en tarros de mermelada: todo eso es la prueba de que esta profesión no se sostiene solo con talento y disciplina. Se sostiene también con dos euros gastados en el lugar equivocado, en el momento justo.
Gírala y verás, decía el señor del mercadillo. Llevo doce años girándola. Y sigo viendo.