Milagro de la hora y abrazo de taquilla: mi diccionario de bambalinas
Photo: theater backstage ropes lights wardrobe, via images.stockcake.com
Hay un momento, siempre después del segundo café del vestuario, en que un compañero de gira nuevo me mira con la boca abierta y pregunta: «Perdona, ¿pero qué es eso del milagro de la hora?». Y entonces entiendo que llevamos tanto tiempo hablando en clave que hemos olvidado que nadie fuera de este mundillo nos entiende.
Este es mi diccionario particular. Veinte palabras que no están en la RAE pero que existen, que se usan y que, si las pronuncias en un camerino de cualquier pueblo de España, te ganas el respeto instantáneo de la compañía.
Las palabras del backstage
El milagro de la hora. Cuando un decorado que en el plano parecía la Sagrada Familia se monta en sesenta minutos gracias a tres figurantes, dos cinta americana y una fe ciega. Me ocurrió en un teatro de Almería donde el furgón llegó tarde por una cabra en la carretera. Se montó todo. Nadie sabe cómo. No lo preguntes.
El abrazo de taquilla. Ese abrazo que te da el organizador local al cerrar las entradas, y que te permite calcular exactamente cuánta gente ha venido por su intensidad. Abrazo fuerte: lleno. Abrazo de costilla rota: quedan butacas libres en el patio.
El sorbete. El tramo de silencio incómodo entre que se apagan las luces y la primera frase, cuando alguien en la tercera fila sorbe su refresco con una potencia digna de mejor causa.
Hacer un Goya. Quedarse clavado en mitad del texto y resolverlo improvisando con tanta soltura que el público cree que iba así. En honor a un compañero que en Jaén convirtió un olvido épico en un monólogo sobre las aceitunas que gustó más que la escena original.
El murciélago. Ese punto de luz del techo que parpadea y que nadie sabe cómo apagar. Existe en todos los teatros de pueblo. Es inmortal.
Camerinitis aguda. La enfermedad que te hace olvidar cualquier objeto en el camerino: la llave, el bolso, el texto. Yo he dejado hasta un abrigo en Sevilla y una dignidad en Cuenca.
La silla traicionera. La única butaca del decorado que cruje en el silencio más absoluto. Siempre está. Siempre cruje.
El aplauso de cortesía del apuntador. Cuando te olvidas tanto del texto que hasta la voz que te lo susurra desde el foso suena cansada.
Palabras de gira y de carretera
La merienda estratégica. Esa comida a las seis de la tarde que decides si cuenta como cena o no según cómo acabe la función.
El ensayo de andar por casa. Repasar el texto en voz alta en la habitación de un hostal mientras el vecino golpea la pared. Si el vecino golpea con ritmo, mejor: te sirve de metrónomo.
La furgoneta confesional. Las cinco horas de carretera en las que la compañía te cuenta todo lo que jamás contaría sobrio. Lo que se dice en la furgoneta, se queda en la furgoneta.
El bar de la estación. El único lugar de España donde se comen mejores almendras que en un estreno de estreno.
Hacer un Villar. Dormir en cualquier parte, en cualquier postura, con cualquier ruido. Mi técnico Villar es capaz de echar una siesta de pie en un montacargas en funcionamiento.
Y algunas que me guardo para mí
La vela de la función. Ese estado de gracia en que todo sale, el público respira contigo y el tiempo desaparece. No se puede invocar. Solo se puede agradecer.
El adiós de la despedida. El último abrazo en el aparcamiento del teatro, con las luces del escenario aún calientes detrás. El más dulce y el más amargo del gremio.
La resaca de aplausos. El silencio extraño de la mañana siguiente, cuando la casa te parece demasiado callada.
El cajón. Ya sabéis: donde viven mis proyectos sin estrenar. Palabra sagrada.
El duende. Lo que mi abuela buscaba en la cocina y yo busco todavía cada noche. No se puede definir. Se reconoce.
La gira. Palabra que significa, a la vez, agotamiento, libertad, amistad y la certeza de que no sabríamos vivir de otra manera.
Y con veinte cierro, aunque el vocabulario crece cada temporada. Si algún día te cruzas con una compañía en la barra de un bar cercano a un teatro y escuchas hablar de milagros, murciélagos y sillas traicioneras, ya sabes: no son locos. Son de los nuestros.
¿Y vosotros? ¿Tenéis palabras propias en vuestros oficios? Me las podéis dejar en los comentarios, que este diccionario tiene edición nueva cada año.