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Ensayo personal

Una semana en El Cuervo: lo que un pueblo blanco de Cádiz le hizo a mi cuaderno

María del Mar Duque
Una semana en El Cuervo: lo que un pueblo blanco de Cádiz le hizo a mi cuaderno

Photo: U.S. Navy NSRS by Petty Officer 1st Class Benjamin Lewis, Public domain, via Wikimedia Commons

Llegué a El Cuervo con la maleta mal cerrada y la cabeza peor. Venía de tres semanas de ciudad, de ensayos interrumpidos, de esa sensación de estar siempre a punto de empezar. La residencia de creación prometía lo que yo ya no sabía encontrarme: tiempo. Siete días, un alojamiento sencillo en un pueblo blanco de la campiña gaditana y una única obligación, que era escribir para el escenario.

El primer día: desarmar el reloj

Lo primero que hice fue lo más difícil: nada. Me senté en el banco de la plaza con el cuaderno cerrado y miré la luz. En la ciudad mi escritura funciona a golpes de agenda; aquí el sol manda. A media mañana el pueblo entero parece respirar despacio, y a las tantas el calor te empuja hacia los portales, hacia la sombra, hacia la conversación.

El primer apunte que hice no fue una escena sino una lista de sonidos: el azuleo del agua en una acera, una vecina llamando a otra de balcón a balcón, el timbre de la moto del pan. Me di cuenta de que llevaba meses escribiendo diálogos que solo se podían decir en un piso con doble acristalamiento. Y yo quería escribir teatro que se dijera a gritos en una plaza.

La tapa de media tarde como método de trabajo

Entre las cinco y las siete de la tarde, cuando el sol afloja, El Cuervo se llena. Bares de los de toda la vida, mesas fuera, y esa institución sagrada que es la tapa de media tarde. Yo me plantaba en la barra con el cuaderno y pedía lo que hubiera: queso de la sierra, un poco de lomo, alguna conserva que me recomendaban sin que preguntara.

Aquí descubrí que la tapa es un formato teatral. Sale en minutos, tiene un punto exacto, no admite adornos y se comparte. Empecé a escribir mis escenas con esa lógica: si una escena no funciona en el tiempo que tarda en llegar una tapa, sobra algo. Me sirvió más que cualquier manual de dramaturgia que haya leído.

Las vecinas, mis primeras espectadoras

Al tercer día ya me conocían. "¿Y usted qué hace aquí todo el día escribiendo?", me preguntó Antonia, que regenta la tienda de la esquina. Le expliqué que escribía una obra de teatro y me dijo, sin pestañear: "Pues léemela un rato, que tengo tiempo".

Le leí una escena en voz alta, apoyada en su mostrador. Donde yo esperaba risa hubo silencio, y donde esperaba silencio hubo una carcajada. Ese contraste me enseñó más sobre el texto que semanas de autocorrección en Madrid. Escribir para un público concreto te estrecha la mirada; escribir para Antonia te la abre. Desde entonces, cada escena de esta obra lleva una pregunta escondida: ¿esto se entendería a la primera en una tienda de pueblo?

El paisaje no decora: dicta

Una tarde subí al sendero que rodea el pueblo, con las marismas al fondo y ese verde salino de la campiña gaditana que no tiene nada que ver con el verde del norte. Caminaba con el cuaderno bajo el brazo y me pasaba algo curioso: las frases llegaban caminando, no sentada. El ritmo de los pasos marcaba el ritmo de las frases.

Entendí que el paisaje no era un decorado para mi residencia sino un coautor. La luz vertical del sur corta las frases más que la luz difusa del norte. Mis textos de esta semana son más secos, más cortos, más de mediodía. No lo busqué; me pasó. Y creo que un texto que se ha dejado escribir por un sitio se nota, se siente en la nuca cuando se representa.

Lo que me llevo y lo que dejo

El último día, como manda la tradición de estas residencias, hicimos una lectura abierta en el salón del ayuntamiento. Vinieron quince personas, lo cual para un pueblo de ese tamaño es un lleno absoluto. Leí tres escenas y al terminar una señora del fondo me dijo: "Esto que ha contado de la madre lo he vivido yo". Ahí está el oficio entero, resumido en una frase de una espectadora que no ha pisado un teatro en años.

Me llevo un cuaderno lleno, media obra nueva y una teoría sobre las tapas como estructura dramática que algún día desarrollaré. Dejo, espero, la costumbre de escribir mirando el reloj. La ciudad me esperaba con su agenda y su prisa, pero desde esa semana escribo primero caminando, pruebo después en voz alta ante quien tenga tiempo y dejo que el sol decida cuándo es mediodía dramatúrgico.

Si alguna vez os ofrecen una residencia en un pueblo pequeño, id. No por el silencio, que de silencio no hay nada en un pueblo andaluz, sino por todo lo demás: por las conversaciones en la barra, por la luz que corta las frases, por las Antonias del mundo, que son las mejores dramaturgias involuntarias que existen.

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