Balcón abierto: la merienda de las nueve que me devuelve las palabras
Photo: spanish balcony terrace evening coffee table neighbors, via i.pinimg.com
A las nueve de la noche, cuando el calor de agosto por fin afloja, mi balcón se convierte en otra cosa. Saca la mesa plegable, la que compré en una rebaja y que cojea por la pata izquierda, y sobre ella aparecen los rituales: la tetera, el paquete de galletas María que alguien siempre trae, el bol de aceitunas aliñadas de Encarna.
La merienda de las nueve no está en ninguna agenda. No tiene invitación formal ni hora estricta. Se convoca sola, como se convocan las cosas buenas, y lleva años funcionando en mi edificio con la naturalidad de un tendedero.
La academia más barata de España
Me han preguntado a veces de dónde saco las frases, ese aire de calle que dicen que tienen mis textos. Y yo pienso en el balcón. Pienso en Encarna, que dice «me ha quedado frito» para referirse a cualquier desastre, culinario o sentimental. Pienso en Rosa, que cuando alguien le cuenta un problema suelta un «anda ya, niña» que resuelve más que media terapia.
El idioma que se habla a las nueve en punto entre dos vecinos de un quinto sin ascensor no aparece en los manuales. Es un castellano vivo, con su grasa y su miga, que se renueva cada temporada como las modas de pelo. Este verano ha entrado una palabra nueva, traída por la nieta de Mercedes desde un pueblo de Albacete, y ya la usamos todas sin saber muy bien cómo se escribe.
Apuntes bajo el toldo
Confieso que a veces, cuando la conversación da un giro especialmente brillante, cojo el móvil disimuladamente y escribo una nota. Encarna me pilla más de una vez: «¿Y eso, que apuntas?» Y yo, sin pudor ya, le digo la verdad: que son material. Que lo suyo vale más que lo que leo en las antologías.
Hay una escena que llevo meses arrastrando: dos mujeres en un balcón discutiendo si hay que regar los geranios por la mañana o por la noche, mientras debajo, en la calle, pasa la vida entera. La tengo en la cabeza tan completa que casi me da miedo escribir el borrador. Quizá sea la próxima.
Lo que la mesa plegable enseña
Si tuviera que dar un consejo a quien escribe, no le hablaría de disciplina ni de madrugadas. Le diría que busque una mesa compartida, un sitio donde le cuenten cosas sin pedir nada a cambio. Que escuche cómo la gente de verdad pone el énfasis, dónde corta la frase, cuándo se ríe a mitad de una palabra.
El balcón se recoge a la una, más o menos, cuando el fresquito se vuelve frío de verdad. Las sillas se apilan, las aceitunas se guardan, y yo me quedo un rato sola mirando la calle. Las palabras del día ya están dentro. Solo hay que dejar que se asienten, como un buen gazpacho, hasta mañana.