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Ensayo personal

La contabilidad del aplauso: mi función se produjo con dos mil euros y mucha fe

María del Mar Duque
La contabilidad del aplauso: mi función se produjo con dos mil euros y mucha fe

Photo: ftrc, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

Hay una hoja de papel pegada a la puerta del armario de mi camerino que nadie del público ha visto nunca. En ella, con mi letra cada vez más desesperada, apunté todos los gastos de mi última obra. La guardo como se guarda una cicatriz: con orgullo y con un poco de dolor.

Hoy abro ese papel delante de vosotros. Porque de la economía invisible del teatro —la que no sale en el programa de mano— casi nunca se habla, y alguien tendría que empezar.

El presupuesto que cabía en un sobre

Dos mil euros. Ese era todo el dinero disponible cuando decidimos auto-producir la función. Ni subvención, ni mecenas, ni productora con traje. Dos mil euros y una compañía de cuatro personas empeñadas en que la obra existiera aunque fuera a base de voluntad.

Lo primero que aprendí es que un presupuesto teatral es un documento vivo. Se escribe con optimismo y se corrige con pánico. Mi primera hoja de cálculo repartía el dinero con una elegancia que luego la realidad se encargó de destrozar en tres semanas.

Luces, el agujero negro del bolsillo

Si tuviera que señalar a un culpable, señalaría a la iluminación. Alquilamos un equipo básico —catorce focos, una mesa de dos canales y el cableado imprescindible— por 380 euros el fin de semana. El técnico que supiera manejarlo, otros 150 al día. Y aquí viene la trampa clásica: si tu función se alarga más de un fin de semana, el alquiler se come el presupuesto entero.

Solución de supervivencia: ensayar con luz de obra y diseñar la iluminación mentalmente, para pagar solo las horas justas de montaje. El día del pase previo encendimos todo y rezamos. Funcionó. No lo recomiendo, pero funcionó.

Vestuario de armario y decorado de mercadillo

El vestuario salió, en un ochenta por ciento, de nuestros propios armarios y de un rastrillo de Rastro que me costó 45 euros y una mañana entera de regateo. La sastra del barrio ajustó tres prendas por 60 euros y dos cafés. El decorado se construyó con palets, telas de restos de otros montajes y una mano de pintura que aún me sale de las uñas.

Total vestuario y escenografía: 190 euros. Menos que el vestuario de un solo personaje en cualquier producción con financiación normal. Y sin embargo, en escena nadie preguntó cuánto había costado. Preguntaron cómo lo habíamos hecho. Esa pregunta vale más que la factura.

La sala: el gasto que decide todo

Alquilar una sala en España es, hoy por hoy, la partida que mata más proyectos pequeños. Nosotros tuvimos la suerte de llegar a un acuerdo con una sala alternativa de barrio: 25% de la taquilla a cambio del espacio. Es lo que se llama riesgo compartido, y es el único modelo con el que una compañía como la mía puede existir.

Con cuatro funciones y entradas a 12 euros, la taquilla rondó los 1.300 euros. De ahí, 325 para la sala. El resto, para empezar a pagar las deudas del montaje. Nadie cobró cachet. Nadie se quejó. Al menos no en voz alta.

Promoción: pegatinas, carteleras y un móvil sin datos

La promoción nos costó 70 euros en impresión de carteles y muchas horas pegándolos en carteleras que cada vez son más escasas. Publicamos en redes desde móviles con la batería al límite y convencimos a la frutera, a la vecina del tercero y al dueño del bar de la esquina de que vinieran. Vinieron dos de tres. La frutera, además, aplaudió con más ganas que nadie.

Los pequeños milagros

Al final, el balance cerró en pérdidas de unos 400 euros que asumimos entre todos, y en algo que no cabe en ninguna hoja de cálculo: la obra existió. El público rió donde habíamos previsto y, en dos momentos, lloró donde no lo esperábamos.

El teatro autogestionado en este país es un ejercicio de fe con recibos. Se produce con dos mil euros, ninguna margen y una cantidad de cariño que ninguna contabilidad sabe registrar. Pero cuando se apagan las luces —esas que alquilamos por horas— y empieza la función, todo el papel pegado al espejo del camerino vale la pena.

Y si mañana volviera a empezar, volvería a hacerlo. Con otra hoja de cálculo, eso sí. Y con más cafés para la sastra.

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