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Ensayo personal

La mesa del comedor era mi escenario y nadie pudo pararlo

María del Mar Duque
La mesa del comedor era mi escenario y nadie pudo pararlo

Photo: vintage Spanish family dining room table childhood nostalgia, via i.pinimg.com

Hay una pregunta que me hacen a menudo en las charlas: ¿cuándo decidiste que querías dedicarte a esto? Y yo siempre contesto lo mismo, aunque me repita: yo no decidí nada. Decidieron por mí un domingo cualquiera, cuando subí a la mesa del comedor con una toalla por capa y una canción de Rocío Dúrcal mal cantada, y mi abuela aplaudió. A partir de ahí, no hubo vuelta atrás.

La mesa como tablado

Aquella mesa de pino, con su mantel de cuadros y sus patas que se movían si empujabas demasiado, era todo un escenario. Tenía de todo: elevación natural respecto al patio de butacas, buena visibilidad y un trampantojo de grandeza que ninguna sala de Madrid me ha devuelto desde entonces. Mi madre intentaba poner remedio: «Baja de ahí, que te vas a hacer daño». Yo bajaba. Y volvía a subir, porque el actor que llevaba dentro no entendía de seguridad laboral.

El repertorio era variado y ambicioso. Un día hacía monólogos —o lo que yo creía que eran monólogos, que probablemente eran yo hablando sin parar durante veinte minutos—. Otro día montaba una obra de teatro con muñecas repartidas en papeles según su talento, que era el que yo les asignaba. Y los domingos, con la familia reunida, llegaba el gran momento: el recital.

Un público que no podía irse

Hay algo que valoro hoy, con la perspectiva de los años, y es la calidad humana de mi primer público. Mis espectadores no podían marcharse. Estaban atrapados entre el café y la sobremesa, atrapados por lazos de sangre y por la imposibilidad física de levantarse de una mesa española sin ofender a nadie.

Mi tío Paco hacía de crítico teatral sin querer. Levantaba una ceja, y yo sabía que la función no iba bien. Mi prima pequeña era el público fácil: se reía con todo, incluso cuando me olvidaba del texto que yo misma había improvisado. Y mi abuela, mi abuela era el público soñado. Aplaudía antes de que empezara, durante y después, como quien siembra el aplauso por si acaso.

Aprendí de ellos algo que ninguna escuela me enseñó después: que el público no es una masa, es gente. Gente con la ceja levantada, gente que se ríe en los momentos equivocados, gente que te quiere aunque lo hagas fatal. Cuando ahora salgo a escena y miro la platea, en el fondo sigo buscando a mi abuela en la tercera fila.

Los Reyes, función de gala

Si la sobremesa era la temporada regular, la Navidad era el festival internacional. El Día de Reyes, después del Roscón, mi función era tan obligatoria como los regalos. Alguien tenía la sensible idea de decírselo a la familia: «La niña va a actuar». Y allí iba yo, con lo que fuera: un traje prestado, un número de magia con un pañuelo que desaparecía —spoiler: nunca aparecía—, o una canción que ensayaba en la ducha desde noviembre.

Porque sí, hablemos de la ducha. La ducha era mi conservatorio. Allí, con el eco generoso de un cuarto de baño pequeño y el agua como banda sonora, ensayaba todo lo que luego estrenaba en el comedor. Cantaba de todo: coplillos, anuncios de televisión, la sintonía de algún serial que mi madre veía. Mi hermano golpeaba la puerta. Yo cantaba más fuerte. Esa, queridos lectores, fue mi primera lección de resistencia artística.

Lo que queda de todo aquello

A veces me pregunto qué fue de aquella mesa. La casa se vendió hace años y supongo que la mesa acabó en algún sitio donde ya nadie sube a hacer números. Pero yo llevo aquella mesa a todas partes. Está cuando entro en un ensayo y me da un poco de vergüenza proponer una idea. Está cuando el público es tibio y recuerdo a mi tío Paco levantando la ceja. Está, sobre todo, cuando algo sale bien y pienso que mi abuela estaría aplaudiendo antes de tiempo.

El teatro doméstico de mi infancia no tenía taquilla, ni crítica, ni temporada. Tenía algo mejor: gente que te miraba simplemente porque estabas tú. Con los años he aprendido a ganarme al público de verdad, ese que compra una entrada y puede irse si le aburro. Pero todos mis escenarios, de una manera o de otra, siguen siendo mesas de comedor con mantel de cuadros, y todos mis espectadores siguen siendo, de algún modo, la familia de aquella sobremesa que no pudo irse.

Y si algún día tienen un niño en casa que sube a la mesa con una toalla por capa, no lo bajen. Compruen al menos que la mesa aguante, y aplaudan. Aunque sea antes de tiempo. Como mi abuela.

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