Mi mochila de gira, abierta en una mesa de camerino
Photo: open backpack contents flat lay travel objects wooden table, via c8.alamy.com
La he perdido dos veces —una en un tren con destino Zaragoza, otra en un camerino que juraría era el mismo de siempre— y las dos veces he sentido que perdía más que objetos: perdía rutina. La mochila de gira es un mapa de lo que uno es cuando vive fuera de casa cuatro meses al año. Hoy la vacío sobre una mesa y os explico.
La libreta ondeada por el café
Primero, lo obvio: una libreta. No digital, no. De papel, de tapas blandas, con manchas circulares de café que funcionan como anillos de un árbol: puedo datar cualquier página por su mancha. En ella van apuntes de escena, direcciones de teatros, el teléfono de un técnico de Almería que me arregló un micrófono a las once de la noche. Sin ella estoy en pañales.
El remedio casero para la voz
Segundo, un frasquito de miel con limón y jengibre que prepara mi madre en dosis de gira. No tiene ningún respaldo científico, consta en acta, pero antes de salir a escena un sorbo me arregla la garganta mejor que cualquier pastilla. Lo comparto con todo el reparto y ya hay gente que me lo pide antes de saludarme.
Tres objetos de supervivencia urbana
Tercero, unos tapones para los oídos. Los teatros tienen una acústica preciosa para el espectador y cruel para quien duerme encima de un bar de la plaza mayor. Cuarto, un chándal viejo que solo uso en camerinos: mi uniforme de calentamiento, con más años que algunas de mis obras. Quinto, un cargador universal con tres cables distintos, porque por ley no escrita siempre falta el que necesitas en el pueblo donde has aterrizado.
Los objetos con memoria
Sexto, una piedra pequeña y lisa que me dio una espectadora en Cuenca después de una función. Me dijo: «Para que pises fuerte». Pesa nada y lo sostiene todo. Séptimo, una postal del Teatro Romano de Mérida que me compré la primera vez que actué allí y que llevo dentro de un bolsillo interior, como quien lleva un santo de devoción. Octavo, un rosario que no reza nadie de mi familia desde hace décadas pero que viaja por herencia, pura superstición heredada.
Lo práctico, que también
Noveno, una barra de labios color carmín y una toallita. No por vanidad: porque a veces hay que salir a la calle después de la función a buscar algo de cenar y no hay tiempo de desmaquillarse, y en un pueblo pequeño, a las doce de la noche, mejor ir arreglada. Y décimo, una tarrina de frutos secos que mi hermana rellena sin que se lo pida cada vez que vuelvo a casa. Es el objeto menos fotogénico y el que mejor define esta vida: alguien, en algún sitio, te está cuidando aunque estés a cuatrocientos kilómetros.
El inventario que nunca acaba
Seguro que se me olvida algo importante —el paraguas plegable, por ejemplo, que en Asturias es de sentido común—, pero con estos diez podría montar una función en cualquier sitio. Al fin y al cabo, eso es la gira: llevar tu pequeño mundo a cuestas y abrirlo cada noche sobre una mesa distinta, esperando que el público llene lo que falta en la maleta.