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Ensayo personal

Lo que muere en el ensayo y lo que sobrevive al aplauso

María del Mar Duque
Lo que muere en el ensayo y lo que sobrevive al aplauso

Photo: Infrogmation of New Orleans, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Hay una regla no escrita que aprendí a base de golpe: lo que funciona en la página no tiene por qué funcionar en el tablado. Y al revés, por suerte.

El primer texto mío que alguien se atrevió a representar era un ensayo breve, casi un monólogo interior. Yo lo imaginaba leído en voz baja, con la luz de una lámpara de mesilla. El director, un sevillano con más oficio que paciencia, lo convirtió en una escena a gritos en medio de un patio de butacas vacío. Me enfadé. Mucho. Luego, cuando vi al público reírse justo donde yo había escrito una lástima, entendí que el texto ya no era solo mío, y que eso no era una pérdida: era el trato.

Las palabras que mueren en el ensayo

Toda adaptación tiene un cementerio. Frases de las que yo estaba orgullosa —algunas con años de haber sido subrayadas por amables lectores— que en cuanto las escucha un actor en pie suenan huecas, postizas, de tarjetón. En un estreno en una sala pequeña de Lavapiés, la actriz protagonista me pidió permiso para cambiar una réplica entera. Le dije que sí con la boca pequeña y esa noche el público aplaudió el cambio. Aprendí dos cosas: primera, que hay que dar permiso pronto y sin drama; segunda, que el ensayo es donde se depura, y que casi siempre lo que se cae sobraba.

Hay también muertes más dolorosas. Un monólogo entero, cinco minutos, al que yo llamaba «el corazón de la obra», que se deshizo en tres ensayos porque el actor no lo podía decir sin que se le cayera el ritmo. Hoy ese monólogo vive en un cuaderno, esperando otra forma. O quizá ya no espera nada. Los textos también se jubilan.

Lo que renace en boca de otro

Y luego está lo contrario, el milagro: frases que en el papel me parecían menores y que, dichas con una pausa que yo no había escrito, con un silencio que el actor inventó en el cuarto ensayo, se convierten en el momento que la gente recuerda al salir. Eso no se puede planificar. Se puede, eso sí, facilitar: escribiendo menos indicaciones, dejando huecos, confiando.

Un apunte práctico para quien ande por ahí con un texto y un miedo razonable: no corrijáis el acento de vuestro personaje cuando el actor os proponga otro. Yo escribí una protagonista de Zamora que en escena acabó hablando con deje andaluz, y la obra funcionó mejor así. El papel es un borrador; el tablado, la versión definitiva que no controláis.

Anécdotas de estrenos fallidos (y de los otros)

He tenido estrenos de todo. Uno en el que se fue la luz en pleno segundo acto y el público acabó iluminando el escenario con las linternas de los móviles —el actor improvisó una escena nueva que, ojo, se mantiene en el texto desde entonces—. Otro en el que vine tres personas, dos de ellas mi madre y su amarga Pilar. Fallidos, sí, pero de esos fallidos se saca lo que ningún taller de escritura enseña: la escena es un animal vivo y tu texto es solo su comida.

Aún me tiembla algo cuando oigo mis frases dichas por otra persona. Ese vértigo es la señal de que la cosa va bien. Cuando dejas de sentirlo, es que has escrito de más o confiado de menos.

Del papel al tablado no hay puente: hay un salto. Y lo bonito es que nunca sabes si al otro lado te espera el aplauso o la anécdota. Casi siempre, con los años, las dos cosas.

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