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Rutas y escenarios

Una lista doble para leer con las luces de la sala apagadas

María del Mar Duque
Una lista doble para leer con las luces de la sala apagadas

Photo: mycurrency.com, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Me pidieron una lista de recomendaciones y, como no sé hacer las cosas a medias, traigo dos: cinco obras de teatro que se leen como si fueran novelas, y cinco novelas españolas que, al cerrarlas, uno piensa «esto en un escenario sería un escándalo» —en el buen sentido. Vamos por partes.

Cinco obras de teatro para leer en el sofá

1. La baraca sin nombre, de Ramón María del Valle-Inclán. Vale, empiezo con trampa: es Valle, todo Valle es teatro para leer. Pero sus esperpentos funcionan mejor en la cabeza que en muchos montajes. Los lees y ves los decorados.

2. La casa de Bernarda Alba, de Lorca. Sí, es la obvia. Pero léela sin pensar en el instituto, en tu casa, en un día de calor. Es una novela de asedio disfrazada de obra en tres actos. Cada réplica es un cuchillo limpio.

3. Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo. La leí en el tren de Madrid a Sevilla y llegué con la sensación de haber vivido treinta años en ese portal. El tiempo pasa por las escaleras sin que nadie lo note, y eso solo lo consigue un gran narrador.

4. Los cuerpos perdidos, de Lluïsa Cunillé. Teatro catalán contemporáneo que se lee como una niebla. Breve, inquietante, perfecto para una tarde de domingo con lluvia.

5. La vida es sueño, de Calderón. No me tiren piedras: leído despacio, sin el peso de la obligación, es un thriller filosófico con versos de una belleza que da rabia.

Cinco novelas que piden montaje

1. Los santos inocentes, de Miguel Delibes. Se ve entera: los planos, los silencios, los personajes entrando y saliendo de la escena. Un director con oído podría hacer algo demoledor con el monólogo interior de Azarías.

2. El trigo grana, de Mercedes Salisachs. Poco leída, muy teatral: encierros, confesiones, una tensión de familia que ya es de por sí un decorado.

3. Nada, de Carmen Laforet. Toda la novela transcurre en esa casa de la calle Aribau que es un escenario perfecto: escaleras, habitaciones, voces que bajan y suben. Andrea ya es de por sí una actriz buscando su texto.

4. Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender. Es corta, casi un libreto, con una estructura coral que clama por ser representada en un pueblo, en la plaza, con el pueblo de público.

5. La sombra del ciprés es alargada, de Miguel Delibes. Repito autor y no me arrepiento: la voz única de un niño-narrador es un monólogo escénico de los que duran hora y media y dejan a la sala en silencio.

Cómo suenan sobre las tablas

Me han preguntado más de una vez cómo imagino estas novelas en escena. La respuesta corta: con poca cosa. Un banco, una luz, una silla. Lo que tienen estas novelas es voz, y la voz no necesita tramoya. Necesita un cuerpo que la diga y una sala que la escuche.

Para terminar, una confesión

Hay lecturas que me han cambiado la manera de trabajar más que cualquier curso o estreno. Releer a Delibes me enseñó a escribir silencios; releer a Lorca me enseñó a no explicarlo todo. Si alguna de estas listas os lleva a un libro —o a una butaca—, habrá valido la pena la tarde que me ha costado decidir quién se quedaba fuera.

Y vosotras, ¿qué novela pondríais mañana mismo en un escenario? Me lo contáis en los comentarios o, mejor, me lo escribís a mano. Ya sabéis que las cartas me llegan al alma.

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