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Ensayo personal

Escribo cartas a gente inventada y no pienso dejar de hacerlo

María del Mar Duque
Escribo cartas a gente inventada y no pienso dejar de hacerlo

Photo: Federal Bureau of Investigation, Public domain, via Wikimedia Commons

Tengo una costumbre que confieso con algo de vergüenza y bastante orgullo: escribo cartas a personajes que no existen. Les digo querida Lucía, querido mateo de la esquina, querida mujer del cuadro del pasillo. Nunca las envío, claro. No hay buzón que las acepte. Pero ahí quedan, en cuadernos de tapa blanda comprados en la papelería del barrio, acumulando años.

El cuaderno como cuarto de al lado

Empecé siendo adolescente, en un pueblo de Extremadura donde las tardes eran larguísimas. Escribía diarios terribles, como todos, pero un día el diario se torció: en vez de contarle mi día a mi cuaderno, le escribí una carta a la vecina de una novela que estaba leyendo. Le pedí perdón por algo que no había hecho. Fue una de las sensaciones más extrañas de mi vida: la de hablarme a mí misma a través de alguien inventado.

Con los años entendí que ese gesto no era raro, era el oficio. El escenario es la punta del iceberg; debajo hay cartas, monólogos que nunca suben a escena, conversaciones que solo existen en un margen escrito a bolígrafo. Ese material invisible no es desecho. Es el músculo.

Fragmentos que salen del cajón

Voy a arriesgarme y compartir un par de cosas que nunca he publicado. De un cuaderno de 2019, escrito a una personaje que abandoné a mitad de una obra:

«No te escribo porque te eche de menos. Te escribo porque mientras te tenía delante me quedé callada, y ahora las palabras se me han quedado sin dueño.»

Y de otro, más reciente, una nota que me puse a mí misma después de un ensayo que salió mal:

«Hoy has dicho el texto como quien recita la lista de la compra. Recuerda: el personaje no sabe lo que va a decir. Tú tampoco deberías saberlo del todo.»

Hay algo en escribir para nadie —o para alguien que solo existe en el papel— que afloja la mano. Sin público, sin director, sin la tiranía de la función del sábado. La escritura íntima es el único sitio donde el personaje puede ser feo, dudar, cambiar de idea.

Lo que la carta le devuelve a la escena

Cuando escribo para el escenario, trato cada réplica como si fuera una carta que alguien va a leer en voz alta mucho después. Eso cambia todo: el ritmo, la respiración, la puntería. Un monólogo bien escrito suena a carta leída de madrugada, con esa mezcla de urgencia y vergüenza.

También me pasa al revés: cuando un texto mío se atasca en el escenario, vuelvo a la carta. Le escribo al personaje preguntándole qué necesita, qué le he negado, en qué escena le he traicionado. Suena a esoterismo barato, pero funciona. El personaje, que es mi letra, siempre contesta.

Un oficio de puertas adentro

En España tenemos mucha cultura de la palabra dicha en voz alta —la copla, el café teatro, la sobremesa— y quizá por eso me cuesta defender la parte silenciosa. Pero la escena se cocina a fuego lento, en soledad, con luz de lámpara y taza de café enfriándose.

Así que sí: seguiré escribiendo cartas a gente que no existe. Les pediré consejos, les contaré chismes, les pediré perdón. Y algún día, si alguien las encuentra en un cajón, espero que piensen lo mismo que pienso yo cuando releo las mías: que la voz más sincera de una escritora suele ir dirigida a quien menos puede leerla.

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