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Ensayo personal

El miedo escénico también sabe escribir: memorias de un escenario

María del Mar Duque
El miedo escénico también sabe escribir: memorias de un escenario

Photo: Anthony Sertel Dean, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Siempre he dicho que el escenario y la página son dos habitaciones distintas de la misma casa. En una hay luz cálida, respiración compartida, el crujido de una butaca en la fila doce. En la otra solo hay una lámpara, una taza de café enfrío y la voz que me queda cuando nadie me escucha. Y sin embargo, las dos habitaciones dan al mismo pasillo.

El camerino como primera página

Llevo años apuntando cosas en el margen de mis guiones. Una frase que se me escapó en el ensayo general, la cara de una señora de la tercera fila que lloró justo cuando no debía, el olor a madera vieja de un teatro de pueblo en Castilla. Al principio eran notas inútiles, simples recordatorios técnicos. Con el tiempo me di cuenta de que estaba escribiendo sin saberlo.

El camerino es un lugar raro: mitad vestuario, mitad confesionario. Ahí te quitas la máscara literal y te queda la del personaje pegada a la piel. Muchos de mis textos nacieron ahí, en esos quince minutos entre el segundo acto y la llamada a escena, con el maquillaje a medio quitar y el corazón todavía acelerado.

Lo que el público enseña y los libros no

Nadie te explica en ninguna escuela de arte dramático lo que de verdad aprendes mirando a la gente de frente. El público es el mejor editor posible: no perdona lo falso, aplaude lo honesto, y guarda silencio de una manera que a veces asusta más que cualquier abucheo.

Ese silencio —ese vacío lleno de trescientas personas respirando a la vez— es lo que intento reproducir en el papel. Escribir, para mí, es buscar ese instante en el que el lector deja de leer y simplemente está ahí, contigo. Si consigo que alguien respire más despacio durante un párrafo, ya me vale.

El miedo escénico, que durante años consideré mi enemigo, resultó ser mi mejor maestro de estilo. Los nervios te obligan a ir al grano. Cuando tienes dos minutos antes de salir a escena y las manos te tiemblan, aprendes qué sobra. Ese filtro lo aplico ahora a cada frase: si no aguanta el peso de un escenario, no merece la página.

Del cuerpo a la palabra

Actuar es un oficio del cuerpo; escribir, de la soledad. Pero una alimenta a la otra de formas que no siempre son evidentes. Cuando interpreto, almaceno. Cuando escribo, devuelvo. Hay frases que solo pude escribir después de haberlas dicho mil veces en voz alta, porque el oído corrige lo que la vista perdona.

Recuerdo una gira por el norte, pueblos pequeños, teatros con más historia que aforo. Una noche, en una plaza con sillas plegables y un frío que cortaba, entendí algo sobre mi personaje que ningún director me había dicho. Lo anoté en una servilleta. Esa servilleta acabó siendo el primer párrafo de un texto que todavía llevo conmigo.

Dos facetas, una misma necesidad

Me preguntan a menudo si escribir es un descanso de la interpretación. No lo es. Es la misma necesidad con otra ropa puesta. Sobre el escenario comparto la verdad con otros cuerpos; en la página, con nadie y con todos a la vez.

Si algo he aprendido después de tantos años repartida entre bambalinas y libretas, es que no hay que elegir. Que la artista que soy a las ocho de la tarde con luces de cian y la que soy a las dos de la mañana con el ordenador son la misma, y que las dos se necesitan más de lo que están dispuestas a admitir.

Así que sí: el miedo escénico también sabe escribir. Y escribe, de hecho, mejor que yo.

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