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Ensayo personal

Doce años y un bolígrafo Bic: releo mi primera libreta y sobrevivo para contarlo

María del Mar Duque
Doce años y un bolígrafo Bic: releo mi primera libreta y sobrevivo para contarlo

Hay cajas que uno evita. Las de las fotos de boda ajena, las de los cables que «puede que sirvan», y las de los cuadernos de la infancia. Yo llevaba veinticinco años esquivando la mía, hasta el mes pasado, cuando en un desordenado verano en casa de mi madre la encontré justo debajo de un secador de los de botón: la libreta de tapas duras, azul eléctrico, que me regaló mi tía Pilar cuando cumplí doce años.

En la primera página, en letra caligráfica que ya se me ha olvidado hacer, dice: «Propiedad de María del Mar. No tocar bajo pena de ir al infierno». Doce años y ya gestionaba el drama con mayúsculas.

Lo que encontré cuando abrí la caja

Releerse a uno mismo es un ejercicio de valentía que nadie recomienda en las escuelas de escritura, y quizá sea justo lo contrario de lo que deberían enseñar. Abrí la libreta un martes cualquiera, con una taza de café frío al lado, y me dispuse a leerme como se lee a una desconocida.

Lo primero que me golpearon fueron los títulos. «Poema a la luna (pero triste)». «Drama de las elecciones al delegado». «Obra en tres actos: La venganza de la señorita Rosa». Ya entonces sabía que todo lo que me pasaba merecía ser contado, aunque el destinatario fuera solo el cuaderno.

El «pero triste» entre paréntesis me desarmó. Es la firma de una niña que ha descubierto que puede decidir el tono de las cosas. Que la luna no tiene por qué ser la de todos, que la mía puede estar triste si a mí me apetece. Años después, cuando alguien me dice que mi manera de escribir las escenas cotidianas es «un poco particular», pienso en la luna triste de los doce años y le doy la razón a la cría.

Poesía imitada, corazón propio

No os voy a engañar: buena parte de la libreta es calco. Hay un poema entero dedicado a un olmo seco que Machado no escribió, pero casi. Hay un soneto con más amargura que rima. Hay una oda a la profesora de Lengua que es, literalmente, una oda de Garcilaso con «señora Carmen» metido a calzador en el endecasílabo.

Y sin embargo, entre imitación e imitación, hay semillas. En una página doblada, escrita con prisa —se nota en la inclinación de la letra—, hay un diálogo de dos vecinas que se pelean por una tendalada de sábanas. Tres líneas. Y ahí estoy yo entera: el compás del habla, la pulcritud de la ropa como territorio en disputa, el humor que se cuela sin permiso. Tres líneas que son el embrión de todo lo que he escrito desde entonces.

A eso me refiero cuando digo que una voz no se inventa: se va destilando. Primero suenas a lo que lees, a lo que escuchas en el coro de la iglesia, a la vecina del tercero. Y un día, sin darte cuenta, suenas a ti. La libreta me enseñó que la copia no es vergüenza; es entrenamiento.

La función que nunca se estrenó

La joya de la corona ocupa las últimas veinte páginas: un drama escolar titulado «El secreto del patio», ambientado, por supuesto, en el patio de mi colegio, con papeles asignados a todas mis amigas y una nota al pie que reza: «El papel de Rubén lo puede hacer quien quiera porque Rubén no sale nunca».

Nunca se estrenó. Lo ensayamos dos veces en el desván de una de mis amigas y discutimos tanto por el reparto que la obra murió de lo que mueren casi todas las funciones de verdad: el ego. Me reí sola al leerlo, pero también sentí una punzada. Aquella niña de doce años ya sabía lo que era querer montar algo con lo que había y con quien había. No ha cambiado gran cosa, la verdad. Sigo montando con lo que hay.

Perdonarse la letra pequeña

Releer aquello sin morir de vergüenza requería un pacto conmigo misma: no juzgar con los ojos de ahora. La vergüenza nace de comparar a la que fui con la que soy, y es una trampa. La que escribió aquella libreta no sabía lo que era un deadline, ni una taquilla, ni una gira en agosto a cuarenta grados. Sabía de lunares tristes, de vecinas con sábanas y de patios con secretos. Y eso, queridas y queridos, era exactamente lo que tenía que saber.

Cerré la libreta, la guardé en mi estantería de trabajo —ya no en la caja, se lo ha ganado— y me senté a escribir este artículo con una certeza nueva: toda voz propia tiene una libreta azul detrás, llena de versos ajenos mal digeridos y de dramas infinitos. La mía se llamaba «Propiedad de María del Mar. No tocar». Tocaban y bien hacían, porque de ahí salió todo.

Si tenéis una libreta así en alguna caja, abridla. No muerde. Sonríe, sobre todo, y a veces esa sonrisa os cuenta de dónde venís mejor que cualquier biografía.

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