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Ensayo personal

La palabra que me dio un niño de siete años en la fila del salidas

María del Mar Duque
La palabra que me dio un niño de siete años en la fila del salidas

Photo: Dick Thomas Johnson from Tokyo, Japan, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons

La fila que nadie ensaya

Ensayo la función durante semanas. Ensayo las entradas, los silencios, la caída del telón. Pero la fila del salidas no la ensaya nadie, y es ahí donde de verdad me quitan la careta.

Salgo con el vestuario aún caliente, la base de maquillaje empezando a ceder en la zona de la nariz, y me coloco junto a la puerta a despedir a la gente. Es un rito que aprendí en los teatros de pueblo, donde no hay camerino al que esconderse: te plantas ahí y recibes lo que venga. Y lo que viene, creedme, no lo escribiría ningún crítico con su libreta en el sillón de la fila cinco.

El niño de siete años

Fue en un teatro de los que apestan a madera vieja, en una localidad de las que hay que cruzar dos carreteras comarcales para llegar. Estaba agotada, con un esguince emocional de los que se acumulan cuando la gira lleva ya tres semanas y la maleta huele a todos los hoteles de una vez.

El niño llegó empujado por su abuela, con la chaqueta de chándal y ese pelo despeinado de quien ha estado sentado dos horas sin entender por qué los mayores hacen cosas tan raras arriba del escenario. Me miró de arriba abajo, se acercó y me dijo:

—Has estado muy valiente.

Y se fue. Ni firma, ni rúbrica, ni segunda estrofa. Siete años y dos palabras.

Me quedé allí plantada, con la boca medio abierta, mientras la abuela sonreía con complicidad, como si supiera lo que acababa de hacer su nieto. Porque yo llevo años haciéndome la dura, diciendo que las críticas me dan igual, que lo mío es el oficio, y este crío me desmontó el armatoste entero con la soltura de quien aún no sabe mentir.

Valiente. Nadie me lo había dicho así. Me han dicho que la función era «muy bonita», que «se les ve trabajo», que «mi mujer ha llorado». Pero valiente es otra cosa. Valiente habla de mí, no de la obra. Valiente reconoce el susto que hay debajo.

Los críticos de a pie

Con los años he hecho una taxonomía involuntaria de la fila del salidas. Está la señora que te coge la mano y te dice «hija, qué bien lo montas todo», que es un elogio y una orden de seguir. Está el señor que espera a que quede poca gente para decirte, en confidencia, que él también hizo teatro en el ejército o en la mili, según la edad. Está la pareja que discute en voz baja si el final les gustó o no, y de cuyo debate no me entero pero me llegan las vibraciones.

Y están los niños. Los niños son la crítica más temible del país. No tienen filtro, ni educación social, ni interés en halagarte. Si se aburrieron, te lo dicen mirando al suelo. Si les gustó, te lo gritan desde el pasillo con el brazo en alto. No hay intermediarios, no hay adjetivos aprendidos. Es teoría de la comunicación en estado puro.

Una vez un crio de unos cinco años me dijo que yo «gritaba muy bonito». Aún no he conseguido superar ese análisis. He recibido reseñas de tres párrafos que decían menos que eso.

Lo que se dice y lo que se calla

Hay noches en que la fila del salidas es un desfile de cumplidos vacíos, y no pasa nada, también eso es parte del oficio. Pero hay otras noches en que alguien suelta una frase y te llevas el resto de la gira dándole vueltas.

Una mujer en Albacete me dijo que su madre, que había venido con ella, no salía de casa desde hacía dos años, y que aquella noche había sido la primera vez. No me habló de la obra. Me habló de su madre. Yo solo puse el pretexto de dos horas de escena para que ocurriera.

Otro señor, en un pueblo de Teruel, me dijo simplemente: «Aquí no viene casi nadie, y hoy hemos venido todos». Lo dijo como quien da las gracias. Y yo pensé: este hombre acaba de escribir la mejor crítica de mi carrera y no lo sabe.

Por qué las colecciono

Tengo una libreta —sí, otra, además de las cinco que uso para escribir— donde apunto las frases que me dicen después de las funciones. Sin fecha a veces, sin lugar otras, porque en el fragor del salidas uno escribe como puede. Es mi particular hemeroteca del aplauso.

Las críticas de prensa se cortan, se guardan en carpetas, se enseñan a los programadores para llenar el dosser. Las frases de la fila del salidas no valen para el dosser, valen para el cajón de la memoria, que es donde de verdad se decide si sigues o dejas de seguir.

Porque el escenario te da la euforia y el vacío a la vez, y la mañana siguiente, con el hotel de turno y la autopista por delante, alguien tiene que recordarte por qué haces esto. Y ese alguien, casi siempre, no cobra por decirlo, no sabe escribir reseñas y tiene entre seis y ochenta y cinco años.

Volver a la fila

Hay actores que odian el salidas, que prefieren desaparecer por la puerta de camerino y quedarse con el misterio. Yo lo entiendo, pero no lo comparto. Yo necesito esa fila como necesito el ensayo general: es donde compruebo si lo que hice sirvió para algo más que para mí.

Y cada cierto tiempo, entre cumplido y cumplido, aparece alguien que te cambia la semana. Un niño de siete años, una señora que te coge la cara con las dos manos, un señor que te dice adiós con la cabeza como quien despide a una sobrina.

Aquella noche volví al hotel, me quité el vestuario con cuidado de no arrugarlo —el de la gira no admite lavadoras— y escribí en la libreta, debajo de la fecha torpe: «Has estado muy valiente». Niño, siete años. Sin firmar.

Sigo sin saber si lo dijo por el personaje o por mí. Sospecho que para un niño de siete años no hay diferencia, y sospecho que ahí está exactamente el punto: la noche que uno deja de distinguir entre el personaje y la persona, y aun así sale de la fila sintiéndose visto, es la noche en que esto tiene sentido.

Nos vemos en la fila del salidas. Yo estaré ahí, con la nariz sin maquillar, esperando mi palabra de la semana.

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