Asiento 14, ventanilla: mis estrenos secretos en el autobús de línea
Photo: Qviri, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Hay algo en el traqueteo de un autobús de línea que afloja las palabras. Lo sé desde hace años, desde la primera vez que me subí a las 6:40 de la mañana en la estación sur con un cuaderno y un monólogo a medio parir. El conductor ni me miró, la señora del asiento de al lado olía a colonia de misa, y yo, en vez de dormir como manda la tradición, me puse a murmurar mis textos como si nada.
Público involuntario, crítica espontánea
El primer espectador que tuve en un autobús no compró entrada ni quiso verla. Era un señor con gorra que viajaba de Alcalá a Cádiz y que, según pude comprobar por el retrovisor de sus ojos, escuchó mi monólogo completo de doce minutos mientras fingía dormir. Cuando terminé, me miró, asintió despacio y volvió a la siesta. Nunca una ovación me ha parecido tan contundente.
Luego está el otro extremo: el chaval de quince años que se puso los auriculares en cuanto abrí la boca. Le doy las gracias, de verdad. Ese gesto de desinterés absoluto es el mejor termómetro que he conocido. En un teatro la gente aplaude por educación; en un autobús, si te escuchan, es porque algo estás haciendo bien. Es la crítica más limpia de España, y es gratis.
La señora que aplaudió con la mirada
Unos ojos que se quedan quietos en ti mientras tú hablas de la infancia, del padre ausente o de las facturas, valen más que un estreno con prensa. Recuerdo una señora mayor en el trayecto Granada-Motril que dejó de mirar el mar por la ventanilla para mirarme a mí, que miraba peor. No dijo nada al bajar. Pero le vi en la cara que había estado en mi función, la única función privada que he dado a las 8 de la mañana en una parada de gasolinera.
Ensayar en movimiento
El oficio se enseña en sitios raros. He afinado coplas en un tren de Media Distancia entre Zaragoza y Huesca, con un vagón entero de labriegos y jubilados como jurado involuntario. He probado acentos en el metro de Madrid, en la línea 5, y he visto cómo un hombre con un pajarito en una jaula de transportín me hacía señas de que bajara la voz, con toda la razón del mundo.
La verdad es que el autobús tiene ventajas que ningún escenario ofrece. La luz nunca es la adecuada, el micrófono no existe, y el público cambia en cada parada. Es la mejor escuela de adaptación que conozco: si consigues que un hombre con la bufanda hasta las orejas se ría en un trayecto de dos horas con paradas, en un teatro con butacas cómodas y aire acondicionado lo tienes hecho.
El escenario improbable como formación
Me he preguntado muchas veces si todo esto es una anécdota simpática o si en realidad es mi formación. Y creo que es lo segundo. Los teatros enseñan técnica, pero los autobuses enseñan oficio. Te enseñan a sostener la mirada de un desconocido, a perder el miedo al ridículo, a darte cuenta de que el arte no necesita cartel ni taquilla para existir.
Además, hay algo profundamente español en esto. Cervantes escribió en una cárcel, Lorca declamó en los corrales, y yo murmuro monólogos en un Autobús de la Línea 12 de Almería. La tradición de hacer arte donde se puede, cuando se puede, con el público que haya, es tan antigua como este país.
Una defensa de las salas sin butacas
Así que esto es una reivindicación. Por los escenarios improbables, por los ensayos en trayectos, por los públicos que no pidieron esto pero lo recibieron. Por la señora que aplaudió con la mirada en la nacional-340. Por el chaval que se puso los auriculares y me enseñó más que cualquier crítica teatral. Por todos los autobuses, trenes y tranvías donde he estrenado cosas que luego, con suerte, llegaron a un escenario de verdad.
Si me ven un día en la línea de ustedes, hablando solita en el asiento de ventanilla, no se asusten. No es que haya perdido la cabeza. Es que estoy de gira. Y la sala, como siempre, es la que hay.