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Ensayo personal

Plumier, tizas y un micro que se apaga solo: mi vida de artista con tres trabajos

María del Mar Duque
Plumier, tizas y un micro que se apaga solo: mi vida de artista con tres trabajos

Photo: Kenjio2323, CC0, via Wikimedia Commons

Hay una foto que me gusta enseñar cuando alguien me pregunta qué es eso de "vivir del arte". Salgo yo, con una carpeta bajo el brazo, unas tizas de colores asomando en el bolso y unas sandalias que ya no aguantan ni la lluvia fina. En la cara, esa mezcla de cansancio y alegría que solo entiende quien ha hecho una función el sábado y corregirá exámenes el lunes.

Esa foto es mi currículum real.

Las ocho de la mañana no son para el duende

Mi día empieza en una academia de un barrio de Madrid donde doy clases de Lengua a chavales que no tienen ninguna prisa por aprenderla. Yo, que en el escenario me gano la vida con las palabras, ahí tengo que convencer a un chico de quince años de que el complemento del nombre existe y que no es una conspiración.

Confieso que al principio me daba mucha vergüenza. Imaginaba que alguno me reconocería de un cartel, de una función, de algo. Nunca ha pasado. Lo más cerca que estuve fue cuando una alumna me dijo: "Usted suena a radio". Le dije que sí, que de radio y de boda.

Y es que la copla y el teatro no llenan la nevera todos los meses. Hay temporadas en que el cajón de proyectos está que echa chispas y el calendario de funciones sonríe, y otras en que el teléfono calla tanto que da vergüenza ajena. En las calladas está la academia. Y las bodas.

El bolo de bodas: mi segunda casa (con taquilla)

Ah, las bodas. Nadie te prepara para eso en la escuela de arte. A mí me tocó aprenderlo en la práctica: micro de palé que se apaga cada dos canciones, un primo novio que quiere cantar contigo, una abuela que pide copla cuando el novio ha pedido reguetón, y un sonido que se gobierna desde una mesa de mezclas atendida por el fotógrafo.

He cantado en fincas de Guadalajara con un calor de horno, en salones de convenciones con luces de discoteca azul, y una vez en un frontón cubierto donde el eco me devolvía cada verso dos segundos tarde, como si mi propia voz me hiciera las bromas. Aprendí ahí una lección de técnica que ningún conservatorio me dio: si el eco llega tarde, canta más despacio. Aplica eso a la vida y verás.

La gente cree que un bolo de boda es dinero fácil. Es dinero justo, y cobrado a plazos, y con un montaje que te deja las manos negras. Pero también es un público que no ha comprado su entrada, que no viene a verme a mí, y aun así hay que conquistarlo. Eso te afila. Eso te hace mejor artista que veinte ensayos cómodos.

La dignidad no está en el sueldo, está en el plumier

Me niego a llamar "fracaso" a esta vida a salto de mata. La precariedad existe y no la voy a maquillar: hay meses de angustia, hay facturas que se postergan, hay que decir que sí a cosas que uno diría que no con una cuenta corriente más tranquila. Pero hay una diferencia entre sobrevivir degradándose y sobrevivir dignamente, y esa diferencia se llama criterio.

Yo pongo criterio en todo: en la clase, en la boda, en el escenario. Si tengo que explicar la métrica de un romance a un chaval, se lo explico como si fuera el texto más importante del mundo, porque para él lo es ese día. Si tengo que animar el postre de una boda en Alcalá, animo el postre como si el aplauso de esa abuela fuera una crítica de prensa. Y así, cuando llegan las funciones de verdad, el músculo ya está.

Hay algo casi artesanal en este modo de trabajar. Como esas abuelas que hacían punto con restos de lana de mil calcetes: la obra final no se nota que está hecha de retales, pero quien la hizo sabe dónde va cada nudo.

Descalza, pero con agenda

El otro día, en la función de estreno de mi última obra, me puse a pensar en todas las manos que había detrás de aquella noche: la academia que me dio la estabilidad del curso, la boda de septiembre que pagó el traje, las tizas que me enseñaron a explicar, el micro de palé que me enseñó a cantar sin escucharme.

La cultura en este país se sostiene sobre una legión de gente con dos y tres trabajos, gente que corrige exámenes por la mañana y hace de soldadoteca por la noche, gente que da clase de dibujo a niños y pinta murales de madrugada. Somos un ejército de recaos, y el recao, si lo miras bien, también es oficio.

Así que sí: escribo descalza, porque las sandalias ya no dan más, pero escribo con la agenda llena y la cabeza alta. Y si algún día el arte me pagara todo el sueldo, sospecho que seguiría dando alguna clase, aunque fuera gratis. Porque las tizas, como el duende, no se pueden dejar del todo.

Y ojo: el duende, cuando quiere, aparece en una boda de Villaverde entre el turrón y el vals. No pregunta por tu currículum. Solo pide que estés ahí, entera, con la voz que aguante.

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