Regar la historia a mano: mi cuaderno en un cortijo de Almería
Llegué al cortijo con la arrogancia de quien cree que un guion se arregla con un fin de semana de intensidad. Dos carpetas en el portátil, una idea para cada una y la certeza de que el mar de plástico de los invernaderos, ese paisaje que tanto da que hablar y tan poco se mira de cerca, no tenía nada que ver conmigo. Error. El primer día ya me había equivocado de todas las formas posibles.
La regadera como método
La dueña del cortijo, Pilar, me vio tan perdida que me asignó una tarea: regar el huerto cada mañana antes de que apretara el sol. Me puso en la mano una regadera oxidada, de las de toda la vida, y me dijo una frase que me ha quedado pegada como una canción del verano: «El agua no va a prisa, va a cuenta».
Y ahí estaba yo, con la regadera en una mano y la otra mano vacía —sin móvil, sin teclado, sin nada—, entendiendo de golpe por qué mis dos guiones estaban atascados. Yo escribía a chorro. Un día de inspiración, veinte páginas; tres semanas de sequía, nada. Mis historias estaban regadas a golpes, anegadas un día y abandonadas al siguiente, con la tierra agrietada de esperar.
Bajo el zumbido del levante
Escribía en el porche, de espaldas a los invernaderos, que al atardecer se encienden con una luz imposible, como si el horizonte de Almería tuviera una lámpara encendida todo el año. Hay quien ve en ese mar de plástico una herida y hay quien ve el mayor invernadero del mundo. Yo aprendí a ver las dos cosas a la vez, y creo que eso también le sirvió a mis personajes: nadie es del todo víctima ni del todo culpable, todos riegan algo con lo que tienen.
Por la mañana trabajaba dos horas, no más. Al principio me sentía culpable, como si fuera poco. Luego entendí que esas dos horas a la misma hora eran mi acequia: un cauce fijo por donde la historia podía correr sin desbordarse. Escribía una escena al día. Una sola. La dejaba reposar mientras regaba los tomates, y al día siguiente, con la escena reposada, sabía exactamente qué le faltaba.
Lo que crece despacio
Pilar me enseñó que a las calabazas hay que dejarles hoja para que el fruto no se asole. A mis escenas les dejé silencio. A los pimientos los riega uno por la base, no por encima, porque la hoja se quema. A mis diálogos dejé de darles la vara por encima: les eché agua por la base, que es el personaje, que es la intención, que es lo que de verdad quieren decir pero no se atreven.
En tres semanas terminé una de las carpetas. La otra sigue a medias, y no me importa: ya sé que no está muerta, está en su temporada. Hay historias de verano y hay historias de invierno, y el error del escritor impaciente es sembrarlas todas en enero y exigirles flores en febrero.
Vuelta con la maleta ligera
Volví a Madrid con el cuaderno lleno de cosas que no tienen nada que ver con el guion y todo que ver con todo: la voz de los jornaleros a las seis de la mañana, el olor a azufre después del riego, la manera en que Pilar dice «anda» cuando algo le gusta. Esos detalles no van a aparecer tal cual en ningún texto, pero son el mantillo que cubre la tierra para que la historia no se seque.
Ahora, cuando alguien me pregunta cómo hago para terminar los proyectos, cuento lo de la regadera. Casi siempre me miran raro. Los que lo prueban me escriben después, y siempre dicen lo mismo: que no sabían que escribir pudiera cansar menos y rendir más.
El agua no va a prisa. Va a cuenta. Y las historias, como los huertos, se crian a mano.