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Ensayo personal

La cocina como primer escenario: lo que mi abuela me enseñó del duende sin querer

María del Mar Duque
La cocina como primer escenario: lo que mi abuela me enseñó del duende sin querer

Photo: abuela española cocinando en cocina tradicional rústica, via as2.ftcdn.net

Hay una frase que llevo tatuada en el imaginario desde niña, aunque no en la piel: el duende no se estudia, hija. La decía mi abuela mientras removía una sartén con la autoridad de quien ha visto pasar un siglo entero por su cocina. Yo, que ahora vivo de las palabras y de los escenarios, he tardado años en entender que esa mujer analfabeta en el papel era, en realidad, mi primera escuela de arte.

Coplas a fuego medio

Mi abuela cantaba bajito mientras cocinaba. Nunca completa, nunca para un público. Un verso de la Niña de los Peines que se cortaba cuando el aceite chisporroteaba, un fragmento de cuplé que se reía de sí misma antes de terminarlo. Aquellos retales de coplas no eran espectáculo: eran respiración. Y sin darme cuenta, aprendí allí algo que después me costó años entender en los escenarios: la emoción que se canta para uno mismo es la única que luego conmueve de verdad a los demás.

Cuando ahora ensayo un monólogo y algo no me sale, cierro los ojos y vuelvo a esa cocina de azulejos verdes en un pueblo de Badajoz. Me pregunto qué habría hecho ella. Seguramente no forzarlo. Seguramente esperar a que el compás viniera solo, como venía el olor del pimentón.

El refrán como dramaturgia

Mi abuela hablaba en refranes la forma en que otros escriben en versos alejandrinos. «Más vale pájaro en mano», soltaba, y yo veía una escena entera condensada en cinco palabras: personaje, conflicto y moraleja. Años después descubrí que eso que enseñan en las escuelas de escritura como «economía narrativa» lo tenía ella en la punta de la lengua, gratis y sin saberlo.

Los refranes son, si me apuran, la primera literatura popular de este país. Brevedad, ironía, memoria ancestral. Shakespeare decía que la brevedad es el alma del ingenio; mi abuela decía «no te rías que es peor». Vayan ustedes a saber quién tenía más razón.

Las historias después del café

Tras la comida, cuando los platos esperaban y la sobremesa se alargaba, mi abuela contaba. Historias de posguerra, de bodas truncadas, de un primo que se fue a Barcelona y nunca volvió. Y contaba con una técnica que ningún manual me ha enseñado mejor: sabía cuándo callar. Dejaba el silencio colgado en el aire como quien deja un plato al punto justo de sal.

Ese silencio, hoy lo llamo yo «pausa dramática» y lo cobro en las entradillas de mis funciones. Ella lo daba a cambio de nada, con la cocina aún oliendo a café torrefacto.

¿Se hereda el arte o se contagia?

Aquí está la pregunta que me trae de cabeza desde hace tiempo. La ciencia dice que el talento no va en los genes de forma tan simple; los poetas románticos decían que sí, que la sangre llama a la sangre. Yo he llegado a una tercera vía, más de cocina precisamente: el arte se transmite por inmersión. Nadie nace sabiendo contar historias, pero quien crece rodeado de ellas absorbe el ritmo, el gesto, el momento exacto de la palabra justa.

Es como aprender a cocinar sin receta: no sabes explicar las medidas, pero tu mano sabe cuánto es «un chorretón». Mi voz creativa es una masa madre que ella empezó y yo sigo alimentando.

De vuelta a la cocina

El otro día, preparando unas patatas a lo pobre en mi piso de Madrid, me pillé cantando bajito una copla que no sé de dónde saqué. Mentira: sé perfectamente de dónde. Del mismo sitio donde salen mis textos, mis personajes y mi manera de mirar el mundo.

Mi abuela decía que el duende no se estudia. Tiene razón a medias: no se estudia en las aulas, pero sí se aprende. Se aprende en las cocinas, en las sobremesas, en los refranes escuchados a la pata de la cama. Y aunque ella jamás pisó un escenario, todo lo que yo hago encima de uno empieza, siempre, en el fogón de su casa.

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