El compás del Mediterráneo: cuando aprendí a escribir mirando las olas
Photo: open worn notebook on sandy beach with mediterranean sea waves, via thumbs.dreamstime.com
La playa como primer taller
Nunca tuve despacho. Tampoco lo he querido, la verdad. Mi primer taller fue un trozo de arena entre el chiringuito de mis tíos y las rocas, en una cala cerca de Alicante donde pasaba los veranos de la infancia con un cuaderno de tapas duras que me compraba en el quiosco del paseo.
Escribía sin darme cuenta de que estaba aprendiendo algo fundamental: el ritmo. Y no el ritmo de la gramática, sino el de la respiración. El del mar.
Cuadernos con salitre
Esta semana he rescatado de una caja, debajo de partituras y un abanico roto, tres cuadernos de esa época. Las páginas están onduladas, deformadas por la humedad, y algunas frases se han borrado con el sol. Pero ahí siguen.
En uno, fechado en Alicante un agosto que ya no recuerdo exactamente, encontré esto:
«—¿Y si nos vamos? —¿Adónde? —(No contesta. Mira el mar. El mar no contesta tampoco.)»
Me quedé un rato mirando esa acotación. El mar no contesta tampoco. Yo tenía catorce años y ya estaba escribiendo silencios como quien escribe olas: una frase que llega, otra que se va, un hueco en medio que es donde ocurre todo.
Otro cuaderno, más tardío, escrito en Cádiz una tarde de levante con arena pegada a la tinta, dice:
«—Dime algo bonito. —La marea sube a las nueve. —Eso no es bonito. —Es lo que hay.»
Ahí está, creo, mi manera entera de escribir diálogos: personajes que no se dicen lo que sienten, que responden con datos, con el tiempo, con la marea. Que se entienden por lo que callan.
Cómo entra el mar en una escena
He intentado analizarlo fríamente, como quien desmonta un reloj, y esto es lo que he encontrado:
- La ola como frase. Mis personajes empiezan a hablar y la frase crece, sube, se rompe. A veces se retira antes de terminar.
- La espuma como pausa. Esos puntos suspensivos que tanto me criticaba una profesora de dramaturgia. No son duda: son resaca.
- El silencio entre ola y ola. El momento más importante. En mis obras, lo que no se dice pesa más que lo que se dice. Aprendí eso no leyendo a Chejov, sino esperando la siguiente ola con los pies en el agua.
Cuando escribí mi primera obra larga, un texto sobre dos hermanas que se reencuentran después de años, me di cuenta de que las escenas tenían mareas. Subían, bajaban, había momentos de calma chicha que a los actores les volvía locos en el ensayo («¿y aquí qué pasa?», me preguntaban) y luego, en función, eran los silencios que más aplauso recogían.
Del mar al papel, del papel al escenario
Hay una foto, seguramente perdida en algún móvil de mi madre, en la que aparezco escribiendo en la arena con las piernas metidas en un agujero que había cavado. Ese agujero era mi butaca de butaca de patio. La arena, mi mesa.
He escrito en teatros con luz de neón, en cafés ruidosos, en trenes de cercanías. Pero vuelvo siempre a la misma técnica sin querer: escribo una escena, la leo en voz alta, y luego me callo el tiempo que duraría una ola en llegar. Si el silencio aguanta, la escena vale. Si no, se reescribe.
El mar me enseñó que el diálogo no es intercambio: es vaivén. Que se puede decir «te quiero» con un «la marea sube a las nueve». Que hay frases que rompen en la orilla y otras que nunca llegan.
Un ejercicio para llevarse a la playa
Si escribes, sea teatro, cartas o mensajes a las tres de la madrugada, prueba esto este verano: siéntate frente al agua y transcribe una conversación real que oigas a tu espalda. Luego réstale todo lo que sobre. Déjala con el mismo ritmo que el mar: oleaje, espuma, calma.
Verás que el resultado suena a verdad. Porque el mar lleva miles de años ensayando el mejor texto que se ha escrito, y no ha dicho todavía una sola palabra.