A las 3:07 de la madrugada, cuando la casa calla, empiezo a escribir de verdad
Photo: Félix Vallotton, Public domain, via Wikimedia Commons
Siempre he sospechado que la inspiración tiene vergüenza. Que espera a que se apaguen las luces, a que se vayan los invitados, a que el teléfono deje de sonar. Solo entonces, cuando ya no queda nadie que pueda juzgarla, se asoma por la ventana y se sienta a mi lado sin pedir permiso.
Me pasa desde que era una niña en Alcalá de Henares, despierta debajo de la manta con una linterna y un cuaderno de tapas rojas. Entonces escribía cartas a Reyes Magos que nunca enviaba. Ahora escribo monólogos que a veces suben a un escenario y a veces no. Pero la hora no ha cambiado: sigo siendo una criatura de las tres de la madrugada.
La hora ilegal
Llamo a las tres de la madrugada «la hora ilegal» porque a esa hora no se debe hacer nada productivo. Se debe dormir, como mandan los manuales y las mamás. Y sin embargo, es cuando mi cabeza se abre de par en par, como una lata de conservas bien golpeada.
De día, escribir se me antoja un examen. Hay una voz interna —imagino que con bata de profesora— que me corrige cada línea: «eso no funciona», «demasiado obvio», «¿quién dice eso?». A las tres de la madrugada esa voz duerme. Y en su ausencia, escribo con una libertad que de día me daría vergüenza. Frases que luego sobreviven, milagrosamente, a la luz del sol.
Creo que no soy la única. Preguntad a cualquier actor, a cualquier iluminador, a cualquier dramaturgo con obra en cartel en una sala pequeña de Malasaña. Todos tenemos esa hora secreta. La diferencia es que casi nadie la confiesa, porque confesarla es admitir que el arte no siempre obedece al calendario.
El metro como cuaderno portátil
Mi cuaderno de madrugada está lleno de frases que no he inventado. Las he robado. Bueno, «robado» suena muy feo: las he recogido del suelo de la Línea 6, de una cafetería de la plaza de Lavapiés, de la cola del supermercado un sábado a las dos de la tarde.
Hay una señora que cogía conmigo el cercanías y que un día le dijo a su amiga: «Yo a los hombres no los entiendo, pero los colecciono». Yo casi me caigo del andén. Escribí la frase en el móvil, en el andén, con las manos temblando de emoción. Esa señora, que nunca sabrá quién soy, tiene ahora un monólogo entero a su nombre.
La noche y el transporte público tienen algo en común: son lugares donde la gente baja la guardia. Se dice lo que no se diría a plena luz. Y el escritor, ese voyeur con libreta, está ahí para recogerlo todo.
Crear sin público: una intimidad rara
El teatro me enseñó que el público lo cambia todo. Un chiste que mata en el ensayo muere en el estreno. Una frase que parecía inocente se convierte en la más peligrosa del texto cuando hay doscientas personas respirando en la oscuridad.
Por eso escribir de madrugada me parece un lujo casi indecente: es escribir sin público. Nadie aplaude. Nadie tose. Nadie mira el móvil en la fila doce. Es solo yo, la página y una taza de té que siempre olvido y siempre encuentro frío.
Hay quien diría que eso es crear a ciegas. Yo lo veo al revés: es el único momento en que veo claro. De día trabajo para los demás —para el programador de la sala, para el crítico que quizá venga, para mi madre que siempre viene—. De madrugada trabajo para nadie. Y trabajar para nadie, os lo digo, es la sensación más libre que conozco.
Un guiño a los que creen que el arte solo existe bajo focos
Me gusta pensar que el arte tiene dos vidas. Una pública, con luces, entradas y programa de mano. Y otra secreta, nocturna, hecha de cuadernos desordenados y de conversaciones imaginarias a las tres de la madrugada.
La primera vida vende entradas. La segunda hace que valga la pena subirse al escenario.
Así que si eres de los que creen que el arte solo existe bajo focos, te invito a una experiencia: esta noche, antes de dormir, coge un papel y escribe lo primero que se te ocurra. Sin corregir, sin pensar en quién lo leerá. Si a las tres de la madrugada te despiertas con una frase que no puedes soltar, bienvenido al club. Es el club más cansado y más feliz del mundo, y la cuota solo se paga en insomnio.
Yo volveré esta noche a mi cuaderno. La casa callará, la ciudad callará, y quizá la inspiración, esa tímida, vuelva a asomarse. Le dejaré la ventana abierta, como siempre.