Cinco criaturas que viven en mi cajón y piden salir al escenario
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Tengo un cajón. No sé si es literal o metafórico, y la verdad es que da igual: en él viven cinco personajes que llevo años debiendo. No son ideas vagas; son criaturas con voz, con manías, con forma de caminar. Me miran cada vez que abro el cuaderno, con esa paciencia infinita que solo tienen los personajes, y me dicen: «¿Y a mí cuándo?».
Este es mi mapa de deudas. Lo escribo aquí, en público, como quien firma un contrato: si algún día suben a un escenario, que se sepa que llevaban años esperando.
La vecina que lo sabe todo
Todos la hemos tenido. La de la ventana de enfrente, la que sabe quién viene, quién va y quién llora de noche. Yo la llamo doña Pura, y lleva en mi cabeza desde una temporada que pasé en un tercero con ascensor de un barrio de Vallecas.
Doña Pura no es cotilla, ojo. Es cronista. Es la historiadora oficial de la comunidad, la que sabe que el arte no está solo en los museos, sino en los relatos que se cuentan en el portal. Quiero escribirle un monólogo entero, ella sola, sentada en un taburete, contándonos la vida del edificio en cuarenta años. El problema es que cada vez que intento escribirla, me da miedo no estar a su altura. Ella es más lista que yo y lo sabe.
El poeta fracasado
Este me duele más, porque hay mucho de mí. Es un hombre de sesenta años que publicó un libro en 1987, una sola edición, y desde entonces vive de dar clases particulares y de recordar aquella lectura en una librería de Salamanca donde, según él, «hubo un silencio muy especial».
No quiero reírme de él. Quiero que el público le coja cariño y le coja pena al mismo tiempo, ese cóctel incómodo que solo el teatro sabe servir. Llevo diez años dándole vueltas y todavía no he encontrado el final. Supongo que mientras no encuentre el suyo, tampoco lo encontrará él.
La niña que habla con los faroles
De esta solo tengo una imagen: una niña de siete años, en una plaza cualquiera de Castilla, esperando a que se enciendan los faroles de la tarde. Y cuando se encienden, les habla. Les cuenta su día. El farol es su único confidente.
No sé de dónde salió. Quizá de una infancia mía con mucha luz de sodium vapor, de esos faroles naranjas que tiñen todo de melancolía. Es el personaje más silencioso de mi cajón y por eso el más difícil: ¿cómo escribes a alguien que solo habla a los objetos? Tendré que escribir también a los faroles. Ya está, me he comprometido a ello.
El hombre que aplaude solo
Este es el más moderno y el más cruel. Un espectador habitual de salas off que ha visto tantas funciones que ya no sabe si es público o es parte del montaje. Aplaude en los momentos equivocados, se sabe los monólogos de memoria y suspira con tanto énfasis que distrae.
Quiero ponerlo en escena tal cual: en su butaca, en la penumbra, comentando la obra que estamos viendo nosotros, el público real. Es un juego de espejos que me asusta y me fascina a partes iguales. Quizá por eso sigue en el cajón.
La mujer que vuelve al pueblo
La última deuda es la más grande. Una mujer de cincuenta años que después de treinta en Madrid vuelve al pueblo —ese pueblo que todo el mundo tiene y del que nadie habla— a vender la casa de su madre. Y no la vende. Y no se va.
Es la historia que más veces he empezado y más veces he tirado. Porque cada intento se me llena de gente real: de olores reales, de veranos reales. Escribir la verdad, esa que no se inventa, es lo más difícil que hay. Y ella, la mujer del pueblo, lo sabe. Por eso espera. Por eso puede esperar.
Del cajón al escenario
Un director me dijo una vez que los personajes no se escriben: se liberan. Yo añadiría que antes hay que hacer las paces con ellos, igual que con una hermana con la que te peleaste de pequeño.
Este año me he propuesto liberar al menos a dos. ¿Cuáles? Pues si os soy sincera, doña Pura ya está haciendo maletas. Pero eso, como diría ella desde su ventana, «es cosa que se sabrá ande llegue el momento».