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Cuarenta grados a la sombra y una voz que aguante: crónica de mi agosto por las plazas de España

María del Mar Duque
Cuarenta grados a la sombra y una voz que aguante: crónica de mi agosto por las plazas de España

Photo: Carel Beschey, Public domain, via Wikimedia Commons

Agosto me ha dejado el vestuario pegado a la espalda y una agenda que parece el horario de un internado. He tocado en doce pueblos, he dormido en ocho casas de maestros distintas y he negociado con tres alcaldes, dos concejales de cultura y un gato que se subió al escenario en Villanueva y no hubo quien lo bajara. Esto no es un ensayo, es un manual. Tómenlo como lo que es: la guía de supervivencia que a mí me habría venido de perlas en julio.

La voz: lo único que no se compra en la feria

Empecemos por lo importante. Tu instrumento eres tú, y en agosto el instrumento se deshidrata. Yo viajo con una botella de dos litros que parece de peregrino a Santiago y la trato como a un familiar directo. Beber antes de tener sed, no después. A los 40 grados el cuerpo ya va con retraso.

Mi kit de emergencia cabe en una bolsa de tela: miel, propóleo, unas pastillas que no voy a publicitar porque no me pagan, y un pañuelo húmedo para la nuca. Y una regla sagrada: nada de hablar en voz alta durante la sobremesa. Sé que es pedirle peras al olmo, que en la verbena el sobremesa es sagrado, pero he aprendido a señalar la garganta y sonreír como una muda elegante. La gente entiende. Casi siempre.

Negociar con el alcalde: arte menor

El alcalde de pueblo no negocia como un programador de festival. Negocia con el corazón y con el presupuesto del bar de la cooperativa. He firmado contratos en servilletas (bueno, casi) y he cobrado en dinero, en alojamiento y en jamón, en distinto orden según el municipio.

Mis reglas: nunca discutas el caché delante del público, pide por escrito lo que te prometan por voz, y acepta la cena en casa de la hermana del alcalde si te la ofrecen, porque ahí se cierran los tratos de verdad. Y si el sonido lo lleva el hijo del concejal, agradece el ruido de fondo como lo que es: juventud con cables.

Casas de maestros: el lujo de lo sencillo

Dormir en casas de maestros es mi deporte de verano. Colchones firmes, sábanas que huelen a sol, y esa campana del pueblo que decide que las once de la noche todavía es tarde para callar. Llevo tapones desde hace años, sí, pero también llevo una rutina: ducha templada, diez minutos de estiramientos y ni un móvil en la mesilla. En la carretera, la cabeza es el único camerino que tienes, y hay que dejarla ordenada.

Un consejo que nadie me dio: lleva tu propia almohada de viaje. Suena a diva y no lo es. Es higiene vocal y de cervicales, que en mi oficio van en el mismo paquete.

La plaza es un escenario con opiniones

Actuar en una plaza mayor es un ejercicio de humildad y de ingeniería improvisada. Los niños en la primera fila son el mejor termómetro del espectáculo; si te siguen con los ojos, vas bien. Las abuelas sentadas en las sillas de anís son la crítica más dura de la península, y cuando una de ellas se ríe, te lo has ganado.

El calor cambia la función. A las siete de la tarde la plaza hierve; a las diez, con la luz de las ventanas encendiéndose, la gente baja la voz y se acerca. Yo he aprendido a mover el texto con el sol, a estirar las escenas cuando refresca y a resolver deprisa cuando una mosca entra en escena sin permiso. El teatro de verano es teatro en estado puro: sin red, sin aire acondicionado y con todo el pueblo como cómplice.

Lo que se lleva y lo que se queda

De este agosto me llevo una voz algo desgastada pero viva, la agenda de septiembre más llena de lo que esperaba y el teléfono de una alcaldesa de la Alcarria que quiere programar algo para las fiestas del pueblo. Me dejo, en cambio, un poco de orgullo en cada plaza: la idea de que se puede hacer arte sin luz teatral, solo con palabras, un público que se sienta donde puede y un cielo que no hace falta pagar a nadie.

Si me preguntáis si volveré el año que viene, la respuesta es sí. Con más agua, más tapones y mejor almohada. Y con ese nervio del primer día, que es lo único que no se negocia con ningún alcalde.

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